Fragmentos de la novela
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Cortesía de Dafna Frenk
La noche después del avistamiento tuviste un sueño que cambió para siempre tu forma de concebir el mundo. En algún lugar cercano de la quebrada, unos campesinos que parecían acróbatas se habían organizado a voluntad para equilibrarse, uno encima del otro, formando una torre humana muy alta que viste crecer con asombrosa rapidez hasta convertirse en una estructura gigantesca capaz de elevarse mucho más allá de las nubes. Fuiste testigo de cómo esa enorme pared humana tiene el poder de darle vida a un nuevo ser colosal erigido a partir de ellos, con dantescos brazos y piernas, con una boca temible desde donde truenan unas frases incomprensibles tan graves que tienen el poder de sacudir la tierra. Un ser soberano originado a partir de miles de millardos de individuos autónomos más pequeños que a su vez están conformados por otros seres tan formidables como diminutos, capaces todos y cada uno de desenvolverse, según su tamaño, en realidades reveladoramente distintas.
Agustina, al percatarse de que el comedor había quedado desierto y los señores andaban ocupados en otra parte, volvió a entrar con su trapo húmedo entre los dedos para terminar de limpiar los residuos del almuerzo que tenía pendiente. Se aseguró de que no quedara sobre la mesa ni una sola mancha que la opacara. Acomodó con palaciega pulcritud las sillas y el florero en el centro mientras se preguntaba, casi a modo de reproche, si alguna vez disfrutaría de una cena tan refinada en su vida. Pero cuando se dispuso a devolver la alcuza de plata en la estantería de vidrio, empezó a morderse los nudillos para no explotar en llanto. Sentía que ya no podía contener otro instante el dolor que le originaba la desigualdad propiciada por los hacendados, la cual venía martirizándola desde su más remota infancia. Y para que no lo notara nadie, secó en las mangas del mandil sus pobres mejillas todavía empapadas de frustración. Quiso salir corriendo, pero temió que la fueran a resondrar después o que las otras sirvientas de la casa también le recriminaran por gusto, de modo que no le quedó más alternativa que levantar resignada sus utensilios de limpieza y marcharse en completo silencio de vuelta hacia la cocina con la cabeza más gacha que nunca. Echándole antes un vistazo final al mantel junto al florero para cerciorarse de no haber dejado manchada, con alguna desdichada lágrima delatora, la siempre inmaculada mesa soberana de los patrones.
«El todavía confuso concepto de propiedad se manifiesta más claramente con el caso de la tierra. ¿Cómo pudieron perder algo que nunca tuvieron?», te dices dándote golpecitos con el lapicero sobre los labios. «Los antiguos hombres del campo tenían la creencia secular de que pertenecían a la madre tierra, y no era la tierra la que les pertenecía a ellos», estás seguro de haberle escuchado decir a Silvio en sus mejores momentos de lucidez, quien a menudo te había hablado de la cosmovisión andina que tuvieron sus antepasados. «No se trata de la propiedad como tal sino de la simbiosis hombre-tierra que siempre ha existido», anotas esta y otras ideas en tu cuaderno rayado. Ese mismo cuaderno de tapas duras que trajiste especialmente desde Lima, aquel en cuya cubierta acabas de pegar una etiqueta amarilla con un mensaje conciso pero motivador: «Bruno Rivarola: Memorias».
En efecto, dos haces de luz que horadaban la noche como a un kilómetro de distancia, y que eran perseguidos de cerca por otro par de faros idénticos que se movían a la misma velocidad, anunciaban al fin la inminente aparición del esperado convoy tal como estaba previsto.
Te persignaste en dirección al cielo, Juanito, golpeando tu pecho con el puño para encomendarte a todos los santos. Y aunque no alcanzabas a divisar las Tres Marías desde tu ubicación estratégica sobre la roca, casi podías sentir la presencia cercana de Fortunata que era casi como si todo este tiempo hubiera permanecido recostada cerquita de ti. Creías conocerla tan bien que prácticamente podías intuir, sin verla, el nerviosismo que la debía embargar desde hace unos días al enterarse de la amenaza interpuesta por el gobierno central de luchar frontalmente contra los focos guerrilleros de los varios que habían surgido durante los últimos meses en la zona central del Perú. Sospechabas esto último luego de que una fuente confiable le había advertido al tingalés de que el Servicio de Inteligencia estaba tras los pasos de la ubicación del campamento base en Púcuta. Por eso es que esta noche debían actuar rápido y sin errores, bajo la actual consigna guerrillera, aquella copiada de los revolucionarios chinos, de no permitir que el enemigo tome nunca la iniciativa. Antes de ponerte el pasamontaña, recordaste durante un instante la hazaña fallida de aquel grupo de avezados oficiales sediciosos quienes hace unos pocos años asaltaron una comisaría en Jauja y encarcelaron a los guardias con el fin de despojarles sus armas, para finalmente terminar siendo perseguidos y abatidos a las pocas horas en las montañas; o lo ocurrido hace dos años al indio Quispe, quien fue asesinado en noviembre del 64 junto a todo su contingente armado en la localidad de Vilcashuamán, interceptados por la inteligencia militar en el flanco empinado de una quebrada. «¡Llegó el momento de reivindicarlos!», se dijo en voz alta, apretando rabiosamente los dientes.